En algún momento de 1991, cuando yo tenía nueve años, agarré una hoja de papel y dibujé un carro del futuro. Era bajo, puntiagudo y exagerado, con varios cohetes debajo y uno enorme en la parte de atrás que escupía llamas. Aquel carro no estaba pensado para correr más rápido que los demás. En la cabeza de aquel nene de Caguas, ese carro despegaba. Probablemente le puse algo como Future Car 2000, porque para un niño de principios de los noventa el año 2000 no era un número cualquiera en el calendario. Era, sencillamente, el futuro.

En aquel futuro los carros volarían, los robots nos ayudarían en la casa y las computadoras serían inteligentes. Casi todas esas ideas nos llegaban por las caricaturas, las películas, los videojuegos, los juguetes y las revistas, y entre la tecnología, la imaginación y la ciencia ficción no había una frontera muy clara. Hoy tengo 44 años y tres hijos, y siento algo extrañísimo cada vez que veo las imágenes del nuevo Tesla Roadster levantándose del suelo con propulsores. De una manera casi absurda, el carro que dibujé a los nueve años existe. No es exactamente igual, claro, pero se parece lo suficiente como para dejarme sin palabras.
El Roadster que, según Tesla, puede volar
Tesla presentó una versión del Roadster que usa tecnología desarrollada junto a SpaceX: propulsores de gas frío que asisten la aceleración, estabilizan el vehículo y le permiten despegar por breves momentos. La propia compañía describe la versión con cohetes como un modelo de disponibilidad limitada que no está aprobado para las vías públicas, y en su página lo resume con una frase casi infantil: sí, puede volar (Tesla). La demostración de octubre de 2026 incluyó maniobras en el aire, un sistema de succión para generar carga aerodinámica y una aceleración de 0 a 60 millas por hora en menos de un segundo. Tesla proyecta comenzar la producción en 2028, después de años de retrasos desde que esta generación se presentó en 2017 (Reuters).

Sé que hay mucho de espectáculo en todo esto, y que entre una demostración y un producto en la calle suele haber un largo trecho. Pero el valor sociológico de esta escena no está en la ficha técnica. Está en lo que despierta. Cuando un objeto que hasta ayer pertenecía al territorio de los dibujos de niños aparece en un evento corporativo, se rompe por un momento la línea que separa lo imaginado de lo posible. Y esa ruptura nos toca de manera distinta según la generación a la que pertenecemos.


Nostalgia y futurismo realista al mismo tiempo
Mis hijos juegan con LEGO, ven a Sonic, juegan Mario en un Nintendo, se emocionan con Spider-Man y reconocen a las Tortugas Ninja. Buena parte de la cultura que ocupaba mi imaginación cuando yo tenía ocho, nueve o diez años sigue viva dentro de la suya. A veces entro a una tienda de juguetes y siento que en algún lugar ocurrió un error en el continuo espacio-tiempo, porque mis hijos pueden emocionarse con las mismas cosas con las que yo me emocionaba a principios de los noventa. Escribí sobre esa conexión en cómo la cultura gamer se convirtió en una potencia del mercadeo, y cada día la veo más clara en mi propia casa.
Al mismo tiempo, esos mismos niños crecen en un mundo que habría sido incomprensible para mí a su edad. Hablan con una inteligencia artificial, le piden que cree una imagen, ven cohetes aterrizar de forma vertical después de regresar del espacio y se montan en carros eléctricos que se actualizan mientras duermen. Sociológicamente, vivimos dos tiempos a la vez. La cultura recicla sin parar los símbolos de nuestra infancia, porque la nostalgia vende y porque da seguridad en momentos de cambio, mientras la tecnología acelera hacia territorios que esa misma infancia consideraba ciencia ficción. Quizás por eso el Roadster me produjo una reacción mucho más emocional de la que debería provocar un carro que probablemente nunca voy a comprar. No estaba mirando una máquina. Estaba mirando una idea que sobrevivió más de tres décadas dentro de mi imaginación.
Siempre he querido entrar primero al futuro
Quizás por eso nunca le he tenido miedo a la tecnología. Cuando el Internet comenzó a entrar en nuestras vidas, me metí de cabeza siendo adolescente porque quería entender aquello; lo conté en el día que me conecté al Internet. Después llegaron los buscadores, los blogs, las redes sociales, la publicidad digital, los teléfonos inteligentes y los datos, y buena parte de mi vida profesional como joven adulto se construyó precisamente alrededor de esa transición. Como explico en no soy programador, pero llevo casi toda mi vida aprendiendo cómo funciona el Internet, nunca me conformé con mirar desde afuera.
Ahora me pasa exactamente lo mismo con la inteligencia artificial. No la observo desde una esquina: estoy adentro, probando, construyendo, equivocándome, automatizando y conectando sistemas para entender qué es extraordinario, qué está exagerado y qué puede cambiar de verdad la manera en que trabajamos. Soy claramente pro IA. No porque crea que todo lo que trae sea positivo, sino precisamente porque estoy tan envuelto que veo con claridad los debates que vienen sobre empleo, educación, privacidad, concentración de poder, propiedad intelectual y desigualdad, temas que exploré en AGI: cuando la inteligencia artificial deje de ser solamente una herramienta. Aun así, no puedo fingir indiferencia. Me fascina por la misma razón por la que a los nueve años dibujaba carros con cohetes: quiero saber qué viene después.
Y entonces aparece Elon Musk
Aquí la historia se me complica. Durante mucho tiempo miré a Elon Musk como lo miraba buena parte del mundo tecnológico: un empresario extraordinariamente creativo, excéntrico y dispuesto a plantearse problemas que parecían demasiado grandes. SpaceX normalizó algo que cuando yo era niño parecía imposible, ver cohetes regresar y aterrizar de pie, y Tesla obligó a una industria automotriz gigantesca a tomarse en serio el carro eléctrico. Eso merece reconocimiento, se piense lo que se piense del personaje.
Pero mi percepción cambió, y mucho. Su apoyo público a Donald Trump y su rol central en el llamado Department of Government Efficiency (DOGE) durante 2025 pesaron en ese cambio; el propio Musk luego describió su paso por DOGE como solo «algo exitoso» y dijo que no volvería a asumir ese papel (Reuters). También estuvo el gesto con la mano durante las celebraciones de la inauguración presidencial, que muchas personas interpretaron como un saludo nazi. Musk rechazó esa interpretación y la Anti-Defamation League dijo entonces que parecía más un gesto torpe de entusiasmo (Reuters), pero la controversia existió y para mí se sumó a una cadena de comportamientos que hizo más difícil separar al empresario del personaje político. Y luego está Grok, la inteligencia artificial de xAI, envuelta repetidamente en controversias por respuestas ofensivas y contenido problemático, al punto de que X y xAI han tenido que investigar, limitar funciones y responder a reguladores (Reuters). Con todo eso, el genio que admiraba se me fue convirtiendo, bastante rápido, en uno de los villanos de esta película.
El Doctor Claw que sí da la cara
Admito que a veces mi cerebro lo convierte en el villano de Inspector Gadget: el Doctor Claw, sentado detrás de su escritorio, acariciando a su gato y tramando un plan absurdo mientras el inspector caminaba feliz hacia el desastre. De niño nunca supe quién era aquel villano, porque nunca le vimos la cara. Esa era parte de su poder. Musk es lo contrario. Goza de la palestra pública, la busca y la ocupa a diario con millones de seguidores.

Esa diferencia es sociológicamente importante. El villano de las caricaturas operaba en la sombra; el poder contemporáneo opera en la vitrina, convierte la atención en capital y la polémica en estrategia. Y eso nos obliga a aceptar una contradicción que como sociedad manejamos mal: tendemos a querer héroes o villanos completos. Si alguien crea algo extraordinario, queremos que sea extraordinario en todo; si algo de esa persona nos disgusta, aparece la tentación de borrar todo lo que hizo. La realidad casi nunca funciona así. Una persona puede tener ideas increíbles, o comprarlas y escalarlas con enorme talento, y al mismo tiempo tener un juicio pésimo en otros ámbitos. Musk sigue siendo un enorme creativo al estilo del malo de Inspector Gadget. La diferencia es que este villano sí da la cara, y por eso nos toca a nosotros decidir con criterio cuánto poder simbólico le concedemos.
¿Qué verán mis hijos?
Volviendo al carro, lo del Roadster es una pasada, y la pregunta que me queda es inevitable: ¿qué será lo próximo? Si yo, a los 44 años, estoy viendo cómo se materializa un dibujo que hice a los nueve, ¿qué verán mis hijos cuando tengan mi edad? Quizás sus propios dibujos de hoy, con robots que conversan o ciudades que se mueven solas, sean la realidad cotidiana de 2060. Al ritmo que vamos, no me parece descabellado pensar que nuestros bisnietos probarán carros en la Luna o en Marte, y que lo verán con la misma naturalidad con la que mis hijos hoy le hablan a una inteligencia artificial.
Me siento afortunado de presenciar este momento histórico, en el que la inteligencia artificial y la ingeniería espacial coinciden con la nostalgia de una generación que creció imaginando exactamente esto. Pero la fortuna trae una responsabilidad. Les toca a quienes crecimos dibujando el futuro enseñarles a nuestros hijos a soñarlo sin entregarle ciegamente la imaginación a nadie, por más brillante que parezca. El carro cohete de 1991 ya existe. Lo que todavía no está escrito es qué tipo de sociedad va a manejarlo.


